El 26 de julio de 2004, una columna de humo comenzó a levantarse en las inmediaciones de Minas de Riotinto. En pocas horas, aquel incendio de Riotinto de 2004 se convirtió en una catástrofe de una magnitud desconocida para buena parte de Andalucía. El fuego atravesó términos municipales, arrasó montes, alcanzó poblaciones, obligó a abandonar viviendas y dejó tras de sí dos víctimas mortales, miles de hectáreas calcinadas y un paisaje que quienes lo contemplaron compararon con una superficie sin vida.
Este 26 de julio se cumplen 22 años del incendio, un desastre que continúa ligado a la memoria de la Sierra y el Campo de Tejada. El balance final recogido en la documentación eleva la superficie afectada a 29.867 hectáreas de bosque mediterráneo en las provincias de Huelva y Sevilla. Las primeras informaciones, difundidas mientras todavía se combatían las llamas, hablaban de más de 26.000 hectáreas quemadas y de casi 4.000 arrasadas durante las primeras horas. La dimensión definitiva fue aún mayor.
Entre los lugares golpeados con más dureza se encontraba Pata del Caballo, el gran monte público situado al norte del término municipal de Escacena del Campo. Más que un nombre en el mapa, este espacio formaba parte del patrimonio natural y emocional de la comarca. Su destrucción provocó una sensación de pérdida que trascendía las cifras: desaparecieron árboles, fauna, suelo fértil, paisajes conocidos desde la infancia y actividades tradicionales vinculadas al monte.
Una tarde de calor extremo
El incendio se inició durante la tarde del 26 de julio, en torno a las cuatro o cuatro y media. Una torre de vigilancia situada en Pata del Caballo detectó el humo y dio el aviso. La zona de origen y la cantidad de combustible vegetal hicieron temer desde el principio que se trataba de una emergencia difícil de contener.
Las investigaciones relacionaron el comienzo del fuego con una quema de plásticos agrícolas en las inmediaciones de Minas de Riotinto. Sin embargo, la responsabilidad penal no llegó a quedar acreditada judicialmente contra una persona concreta. La documentación permite, por tanto, situar esa quema en el origen investigado del incendio, pero no atribuir de manera definitiva su autoría individual.
Aquel día coincidieron varias condiciones que favorecen la propagación extrema de un incendio forestal: temperaturas superiores a los 30 grados, humedad por debajo del 30% y fuertes rachas de viento. Era la combinación conocida como el «triple treinta». Los testimonios recogidos describen una jornada de calor extraordinario, con temperaturas que durante la madrugada siguiente todavía se mantenían alrededor de los 30 grados y un viento que pudo rondar los 40 kilómetros por hora.
La vegetación seca se convirtió en combustible. La orografía, abrupta y de difícil acceso en muchos puntos, limitó la entrada de los medios terrestres. El viento sostuvo una dirección constante y empujó las llamas hacia Berrocal y Pata del Caballo. Desde Escacena, horas después del inicio, ya se respiraba humo y podía observarse una columna de grandes dimensiones sobre la sierra.
Lo que había comenzado como un foco localizado adquirió rápidamente un frente enorme. Las fuentes describen su evolución como una explosión: el fuego entraba por diferentes parajes, reaparecía donde había sido contenido y obligaba a repartir unos recursos que, aunque numerosos, resultaban insuficientes frente a una emergencia extendida por tantos puntos a la vez.
Un dispositivo desbordado por la magnitud
Casi 500 efectivos terrestres y una treintena de aeronaves participaron en las tareas de extinción. Helicópteros, hidroaviones, autobombas y vehículos dedicados a la limpieza y defensa del monte fueron desplegados en las dos provincias. Uno de los pilotos resultó herido después de verse obligado a realizar una maniobra de emergencia.
La dificultad no estuvo únicamente en la cantidad de fuego. Los equipos se enfrentaban a barrancos, zonas escarpadas y caminos poco accesibles, mientras el viento aceleraba la propagación. En Pata del Caballo, quienes conocían el terreno fueron destinados directamente a los enclaves por los que se esperaba la entrada de las llamas. Durante un tiempo se consiguió frenar el avance en distintos puntos, pero, al intensificarse el calor y volver a soplar el viento, el incendio terminó penetrando por varios frentes.
No era un incendio ordinario. Había focos y necesidades de intervención en tantos lugares que resultaba imposible concentrar los medios en un único frente. El operativo continuó durante días y el incendio solo pudo darse oficialmente por extinguido después de refrescar las áreas afectadas y controlar los últimos puntos calientes.
El río Agrio, en Aznalcóllar, aparece en la documentación como una barrera natural decisiva. Después de avanzar y devastar una extensa franja de territorio, las llamas perdieron fuerza al encontrarse con el cauce. Fue entonces cuando las labores humanas de control y extinción pudieron ganar eficacia.
Once poblaciones y unas 30.000 personas afectadas
El incendio forestal en Huelva y Sevilla afectó, de una u otra forma, a once poblaciones y unas 30.000 personas. Entre los municipios citados se encuentran Minas de Riotinto, El Campillo, El Madroño, Berrocal, Zalamea la Real, Escacena del Campo, Paterna del Campo, El Castillo de las Guardas, Sanlúcar la Mayor, Gerena y Aznalcóllar.
Berrocal vivió una de las situaciones más angustiosas. Sus aproximadamente 600 habitantes tuvieron que ser desalojados ante la proximidad de las llamas. El fuego llegó al casco urbano y comenzó a introducirse en algunas viviendas después de que el calor rompiera cristales y quemara persianas. Parte de la población se resistía a abandonar sus casas porque quería proteger sus enseres y animales, pese al riesgo que implicaba permanecer allí.
La tragedia humana alcanzó su peor expresión en las proximidades de Minas de Riotinto. Un matrimonio de edad avanzada quedó rodeado por el fuego cuando trataba de huir en un vehículo. Ambos perdieron la vida. Su muerte convirtió el incendio en algo más que una devastación ecológica y dejó una marca imborrable en el recuerdo de aquellos días.
Al mismo tiempo surgió una respuesta solidaria inmediata. Desde las primeras horas hubo personas dispuestas a preparar comida, llevar agua, cortar accesos, avisar del peligro o colaborar en aquello que fuera necesario. Esa movilización continuaría durante los años siguientes con actividades de restauración, educación ambiental y repoblación.
Pata del Caballo, un monte convertido en ceniza
Pata del Caballo cuenta con más de 7.000 hectáreas de monte público y se extiende al norte de Escacena del Campo, en los límites con Aznalcóllar, Berrocal, El Álamo y Paterna del Campo. Aproximadamente el 90% de su superficie pertenece al término municipal escacenero. Antes del incendio era un enclave bien conservado, favorecido durante años por la vigilancia y las restricciones de acceso asociadas a su antigua condición de coto.
En sus montes convivían alcornoques, encinas, quejigos, algarrobos, pinos, madroños y otras especies del matorral mediterráneo. También existían amplias plantaciones de eucalipto, procedentes de otra etapa histórica y vinculadas en su origen a la generación de empleo en la comarca.
El fuego arrasó esa diversidad. La destrucción no se limitó a los árboles visibles. Un incendio de semejante intensidad elimina organismos del suelo, bacterias, hongos, líquenes y pequeños animales imprescindibles para mantener el equilibrio ecológico.
Los anfibios, reptiles y pequeños mamíferos se encuentran entre las especies con menor capacidad para escapar. Incluso los animales de mayor tamaño pueden quedar atrapados cuando existen cerramientos. Las aves, por su movilidad, disponen de más posibilidades de abandonar la zona, aunque también pierden refugio y alimento.
La pérdida del suelo fértil fue otra de las grandes preocupaciones. Después de un incendio, las primeras lluvias pueden arrastrar la capa superficial de tierra, precisamente la más valiosa para la recuperación vegetal. Sin protección, vaguadas y barrancos se convierten en vías de erosión que prolongan durante años los efectos del fuego.
A ello se sumó la desaparición de alcornoques y encinas centenarias en los barrancos más profundos. Aunque se plantaran nuevos ejemplares, recuperar árboles de esa edad exigiría esperar doscientos o trescientos años. Esa escala temporal explica por qué la regeneración de un monte no puede medirse únicamente por la aparición de nuevas plantas.
El incendio también destruyó economía y cultura
El monte mediterráneo sostiene formas de vida que a menudo quedan fuera de los balances inmediatos. La madera, el corcho, la apicultura, la recogida de setas, las plantas medicinales y aromáticas o la elaboración de carbón natural formaban parte de los aprovechamientos vinculados al territorio. Cuando el bosque desaparece, esas actividades quedan interrumpidas durante largos periodos y algunas tardan décadas en recuperarse.
La documentación resume el impacto de los incendios en tres grandes pérdidas: vida, paisaje y economía. La segunda posee además una dimensión cultural. Quienes habían crecido contemplando una sierra determinada dejaron de reconocerla. El paisaje posterior fue descrito como una extensión gris, marrón y desnuda, similar a una superficie puramente geológica. Donde antes existía un mosaico de colores, olores y vegetación, quedó un territorio sin referencias.
En Escacena del Campo, la pérdida fue sentida como algo propio. Pata del Caballo no era solo un monte de titularidad pública; constituía parte del horizonte cotidiano, de los recuerdos y de la identidad local. La catástrofe ayudó también a que muchas personas descubrieran el valor de un espacio que, debido a las restricciones y a su menor frecuentación anterior, no siempre había sido suficientemente conocido.
Proteger el suelo antes de volver a plantar
Las primeras actuaciones de recuperación no consistieron en plantar árboles, sino en evitar que desapareciera el suelo. En vaguadas y grandes barrancos se construyeron albarradas, pequeños diques realizados con troncos quemados o piedra. Su función era frenar el agua y retener la mayor cantidad posible de tierra fértil antes de la llegada de las lluvias otoñales.
Después comenzó la retirada de la madera afectada. Los pinos quemados tuvieron que cortarse y extraerse, incluso en barrancos de difícil acceso. La rapidez era importante porque los árboles debilitados podían favorecer la aparición de insectos perforadores y otras plagas capaces de extenderse a las islas de vegetación que habían sobrevivido.
Los eucaliptos fueron cortados y destoconados para impedir que rebrotaran. La restauración apostó por especies autóctonas y por la recuperación de los estratos arbóreo y arbustivo del monte mediterráneo. Se plantaron alcornoques, encinas, acebuches, algarrobos, madroños, durillos y lentiscos, entre otras especies.
Las fuentes recogen más de 5.000 plantaciones y una movilización que, a lo largo del proceso, reunió aproximadamente a 350 personas procedentes de distintos puntos de Andalucía. Participaron vecinos, centros educativos, universidades y colectivos sociales muy diversos. La restauración no fue únicamente una tarea forestal: se convirtió también en una experiencia de educación ambiental y de reconstrucción comunitaria.
Una recuperación con resultados desiguales
La evaluación recogida en 2020 ofrecía una imagen de claroscuros. Por un lado, destacaba la sustitución de buena parte de las masas de eucalipto por vegetación autóctona. En la zona de los Perros se describía la consolidación de un algarrobal y, en la zona de las Gallinas, completamente quemada en 2004, el crecimiento de un nuevo bosque de alcornoques. También se señalaba que la presencia del eucalipto dentro de Pata del Caballo había pasado a ser testimonial.
Por otro lado, no todas las plantaciones prosperaron. Una estimación recogida entonces situaba en torno al 50% la proporción de plantones que pudieron convertirse en marras, es decir, ejemplares que no sobrevivieron. La valoración insistía en la necesidad de revisar esas áreas, sustituir las plantas perdidas y mantener el seguimiento durante años.
El reportaje publicado en 2020 también advertía de que los compromisos públicos de restauración no se habían sostenido como se anunció. Se habían prometido convenios para recuperar los montes durante quince años, pero, según aquella documentación, dejaron de aplicarse al cuarto año. La conclusión era que las inversiones y la continuidad administrativa no habían estado a la altura de la magnitud del desastre.
Estas apreciaciones describen la situación documentada hasta 2020. Los materiales facilitados no aportan una evaluación posterior que permita actualizar con rigor el estado de las plantaciones o de las inversiones en 2026. Sí permiten afirmar que la recuperación de Pata del Caballo fue concebida desde el principio como un proceso de varias generaciones.
La memoria que dejó el fuego
El incendio modificó también la relación del Campo de Tejada con Pata del Caballo. Después de la catástrofe aumentó el interés por conocer el monte, recorrerlo y comprender lo que se había perdido. Las visitas de escolares, las rutas, las repoblaciones y las actividades de sensibilización acercaron el espacio a una población que comenzó a percibir con mayor claridad el privilegio de disponer de un enclave natural de esas características.
La solidaridad fue una de las pocas consecuencias positivas que permiten extraerse de aquellos días. La ayuda ofrecida durante la emergencia continuó después en forma de voluntariado, plantaciones y divulgación ambiental. El incendio mostró la fragilidad del bosque, pero también la capacidad de una comunidad para implicarse en su restauración.
Veintidós años después, la gran lección permanece en la diferencia entre el tiempo humano y el tiempo del monte. Un incendio puede arrasar en horas lo que ha necesitado siglos para formarse. Las brigadas pueden controlar las llamas, retirar la madera y plantar nuevos árboles, pero ninguna actuación puede devolver de inmediato un alcornoque centenario, reconstruir un suelo complejo o recuperar por completo el paisaje que una generación conoció desde la infancia.
La documentación de 2020 mostraba que Pata del Caballo había vuelto a cubrirse de vegetación en numerosos puntos y que las actuaciones desarrolladas permitían mirar hacia el futuro con una esperanza prudente. Sin embargo, la regeneración no borra lo sucedido. Bajo el crecimiento de los nuevos alcornoques, encinas y algarrobos permanece la memoria de una tarde de julio en la que el horizonte se llenó de humo y uno de los grandes patrimonios naturales del Campo de Tejada quedó convertido en ceniza.
Recordar el incendio de Riotinto de 2004 no consiste únicamente en volver sobre la tragedia. Significa comprender el valor de un territorio, reconocer el esfuerzo colectivo dedicado a combatir el fuego y recuperar el monte, y asumir que conservar un espacio natural exige una vigilancia y un compromiso tan prolongados como su propio crecimiento. La cicatriz de 2004 sigue formando parte de Pata del Caballo, pero también lo hace la voluntad de que las generaciones futuras vuelvan a encontrar allí el bosque mediterráneo que el fuego estuvo a punto de arrebatar para siempre.


