EDITORIAL. Algo está cambiando en los fines de semana de Escacena. Y no precisamente para bien. Desde hace un tiempo, se viene produciendo un pequeño pero evidente éxodo gastronómico hacia Manzanilla, donde cada sábado y domingo se dan cita decenas de vecinos que, hasta no hace tanto, coincidían en los bares de nuestro pueblo para tomar una cerveza, compartir una tapa o alargar la sobremesa con amigos y familiares.
No se trata de enfrentar a Escacena con Manzanilla. Al contrario. Manzanilla ha sabido fortalecer una oferta hostelera atractiva, cercana y con ambiente. Y eso, lejos de ser criticable, merece reconocimiento. Pero precisamente por eso Escacena debería mirarse al espejo. Porque cuando tantos vecinos deciden desplazarse a otro municipio para algo tan cotidiano como salir a comer, cenar o tomar algo, conviene preguntarse qué está fallando.
La realidad es que la oferta gastronómica de Escacena ha perdido fuelle. Algunos establecimientos han cerrado sus puertas y otros han dejado un vacío difícil de cubrir. Mientras tanto, los sitios que continúan abiertos y que mantienen un buen nivel de cocina, trato y atención, se ven muchas veces desbordados. No porque hayan bajado la calidad, sino porque no hay suficiente oferta para atender a quienes buscan algo tan sencillo como sentarse sin prisas, sentirse bien recibidos y disfrutar de una atención cercana y cariñosa.
Ese es, quizá, uno de los puntos más importantes. La hostelería no vive solo de platos bien servidos. Vive también del trato, del detalle, de la confianza, de saber que al cruzar una puerta uno se siente en casa. Y en eso Escacena ha tenido históricamente mucho que decir. Nuestros bares han sido lugar de encuentro, conversación y convivencia. Han sido una prolongación de la plaza, de la familia y de la amistad.
Por eso duele ver cómo parte de esa vida social se desplaza fuera. Duele especialmente cuando existen locales situados en lugares privilegiados, en pleno corazón del pasatiempo de Escacena, que no terminan de aprovechar su ubicación ni el papel que podrían desempeñar. Espacios que, por historia, por sitio y por costumbre, podrían ser punto de encuentro natural para quienes quieren compartir una cerveza con amigos o familiares, pero que han acabado generando un hueco grande en la vida social del pueblo.
Escacena necesita recuperar pulso. Necesita una hostelería con ambición, con horarios pensados para la gente, con propuestas cuidadas y con ganas de hacer pueblo. Porque un bar abierto, vivo y bien atendido no es solo un negocio: es también una forma de mantener la convivencia, de atraer movimiento a las calles y de evitar que los fines de semana se vacíen.
El éxito de Manzanilla debe servirnos como aviso, no como reproche. Si tantos escaceneros cruzan cada fin de semana la carretera en busca de ambiente, tapa y buen trato, es porque aquí hay una demanda que no está siendo suficientemente atendida. Y esa demanda también es una oportunidad.
Escacena tiene vecinos, tiene historia, tiene ganas de salir y tiene cultura de bar. Lo que no puede permitirse es resignarse a ver cómo esa vida se marcha fuera sin preguntarse por qué. La gastronomía local no es un asunto menor. Es economía, es identidad y es convivencia. Y cuando un pueblo empieza a perder sus lugares de encuentro, pierde también una parte de sí mismo.


